El Reino Unido es la cuna del fútbol tal y como lo conocemos hoy en día. De hecho su nombre en castellano es una hispanización de la palabra "«football», aunque también es correcto llamarlo balompié. Dicho deporte se escindió de lo que llamamos hoy rugby (aunque hay otras variantes como el fútbol gaélico, australiano, etc) a mediados del siglo XIX, cuando a partir de dicho momento comenzó a crecer como la espuma hasta llegar a los niveles de hoy mismo, donde es el deporte en equipo más practicado del mundo.
En Londres, y supongo que en el Reino Unido será igual, la gente cuando se va al parque, ya sea con la novia, ya sea con los amigos, normalmente se lleva un balón de fútbol. Es muy común ver a gente haciendo toques, dándose pases, haciendo malabares con un esférico, o simplemente jugando un partidillo en la mayoría de los parques suficientemente grandes de la capital.
Pero a pesar de ello la gente, generalmente, no es lo que se diga unos virtuosos del balón. Hay mucha afición al fútbol, nada más hay que ver la pasión con la que viven los partidos o los colores de sus equipos, pero la práctica parece que se le da un poco peor a la gente.
Pero no sólo a los ingleses les pasa esto. En otros países hay mucha gente que no sabe jugar al fútbol. En Francia y el Reino Unido puede ayudar a ello el gusto por el rugby, ya que en los países latinos esto no ocurre. Los latinos son los reyes del fútbol. No digo somos porque no me considero.
Si en este país estoy a un nivel relativamente alto entre mis compañeros de juego puede ser por varias razones: o me junto con gente muy mala, o en España la gente es muy buena.
Es un país perfecto para la práctica del deporte rey. Está lleno del verde perfecto para jugar. La meteorología lo permite. Además es un deporte al que se puede jugar con lluvia, y más aún cuando esta no es intensa. No me extraña del origen británico de este deporte.
Pero en España somos mejores. Somos los campeones del mundo. Y no sólo a nivel profesional. Tal y como he visto el panorama, los latinos y mediterráneos, Sudamérica incluída, somos los mejores. Y si comparo a la gente de España con la de aquí, sea cual sea la nacionalidad, somos los mejores. Esperemos que dentro de tres años, y a nivel profesional, así sea de nuevo.
Un montisonense a la aventura en Londres para aprender inglés, muy propenso a que le ocurran cosas. ¿Lo conseguirá?
lunes, 30 de mayo de 2011
viernes, 20 de mayo de 2011
Cómo combatir los precios estratosféricos a la hora de comer
Aquél que vaya al Reino Unido debe realizar un cambio de divisa si quiere poder pagar en efectivo, ya que no en todos los sitios tienen lo que en España denominamos TPV. La moneda que utilizan en dicho país es la libra esterlina, cuyo símbolo es £ (a veces los italianos confunden el símbolo con el de la extinta lira italiana, no es el primero que me pregunta si eso es una lira, ya que su símbolo era ₤) y en el idioma local es denominada pound. La libra esterlina hoy por hoy se divide en 100 peniques, penny en inglés. El tipo de cambio hoy está en torno a 0,88 libras por euro, a lo que viene a costar una libra 1,13 euros. A esto hay que añadirle las comisiones que el banco te ponga a la hora de comprar una divisa extranjera, o al hecho de sacar en cajero automático. Sumado a esto que si en Londres si lo que se pagara fuera con euros, respecto a España los precios ya de por sí estaría carísimo todo. Es decir, un pastón.
Mi primer destino en Londres, sin trabajo ni nada, fue el barrio de Arsenal (sí, como el club de fútbol). La zona donde estaba ubicada mi hostal o albergue (me niego a utilizar en castellano «hostel», ya que la palabra no es hispana) era una zona donde la población era mayoritariamente inmigrante. Una vez llegado allí me hice un propósito: ya que no sabía cuánto tiempo iba a estar en paro, y por lo tanto el tiempo en que no iba a tener ingresos, había que intentar exprimir al máximo un presupuesto en efectivo en libras, aderezado con la tarjeta y una provisión en euros. Si quería lograr mi objetivo había que aguantar lo máximo posible, y llegar a ser precario si era necesario.
Los primeros días, cuando uno aún no está habituado al cambio, ve los precios caros y no sabe dónde buscar. Lo malo era la inexistencia de comida. Pero en ese barrio era tremendamente fácil encontrar algo que pudiera parecer barato. Al principio comparar los precios con un MacDonald's, que puede parecer barato para los precios de las diferentes comidas no era tan dícil de encontrar. Esos primeros días comer por 4 libras, que es lo más barato de dicha compañía americana en Londres, podía parecernos barato. Pero buscando y rebuscando fuimos encontrando precios más baratos y competitivos. Y encima un menú relativamente variado, pero carente de ensaladas.
Había una pizzería que te costaba cinco libras la más barata, lo que puede parecer un precio competitivo. Pero más tarde se consiguió encontrar un lugar donde un pollo al ast por 4 libras que, encima al compartirlo te salía a dos libras por cabeza. Pero más adelante se encontró una tienda al lado que te ahorrabas 50 peniques.
Pero la estrella final entre los residentes de mi hostal terminó siendo una hamburguesa completa en una hamburguesería pakistaní que costaba £1,50. Eso sí la hamburguesa era un poco pequeña, pero iba con patatas. Al no gustarme el queso, cuando acudía allí, mi hamburguesa perdía sustancia y nutrientes que mi cuerpo podía necesitar.
Al plato estrella se le mezclaba con otra adquisición a muy buen precio en Londres, aunque en España sería carísimo. Me refiero a una botella de dos litros de Coca-Cola fresca. Su precio inicial era de dos libras, pero en una tienda aledaña costaba £1,56. Eso suponía un ahorro de 44 peniques entre todos los participantes de la inversión en Coca-Cola. Al final cuando se iba a comprar, cada uno se ocupaba de una parte distinta del menú, ya que no se compraban dos cosas en el mismo sitio.
Parecerá miserable esta forma de comer, pero había que combatir los prohibitivos precios del transporte público londinense. Un billete individual de bus cuesta 2,20 libras esterlinas, mientras que uno de metro supera las cuatro. Para ello están las tarjetas Oyster, que es como la típica metro-bus de España, con difetentes opciones para intentar adecuar lo mejor posible al consumidor.
Y debía buscar trabajo, por lo que tenía que tomar ese transporte público, para poder moverme por la capital británica. Había que echar currículum, pero también que tomar notas de posibles sitios de internet, de empresas que laboraban únicamente por la red su gestión de recursos humanos externa, posibles agencias de pisos o trabajo, y posibles residencias. Mientras buscaba trabajo aprovechaba a hacer turismo por Londres, ya que estábamos. Pero eso sí, intentando ahorrar al máximo. Había que hacer apego a una de las máximas de la Economía: los recursos son limitados y las necesidades ilimitadas, por lo que hay que intentar lograr una gestión eficiente. No utilizaré fórmulas matemáticas aplicables a la Economía, pero utilizaba otra de las máximas de esa cienca: ser un homo economicus y aplicar el sentido común.
Mi primer destino en Londres, sin trabajo ni nada, fue el barrio de Arsenal (sí, como el club de fútbol). La zona donde estaba ubicada mi hostal o albergue (me niego a utilizar en castellano «hostel», ya que la palabra no es hispana) era una zona donde la población era mayoritariamente inmigrante. Una vez llegado allí me hice un propósito: ya que no sabía cuánto tiempo iba a estar en paro, y por lo tanto el tiempo en que no iba a tener ingresos, había que intentar exprimir al máximo un presupuesto en efectivo en libras, aderezado con la tarjeta y una provisión en euros. Si quería lograr mi objetivo había que aguantar lo máximo posible, y llegar a ser precario si era necesario.
Los primeros días, cuando uno aún no está habituado al cambio, ve los precios caros y no sabe dónde buscar. Lo malo era la inexistencia de comida. Pero en ese barrio era tremendamente fácil encontrar algo que pudiera parecer barato. Al principio comparar los precios con un MacDonald's, que puede parecer barato para los precios de las diferentes comidas no era tan dícil de encontrar. Esos primeros días comer por 4 libras, que es lo más barato de dicha compañía americana en Londres, podía parecernos barato. Pero buscando y rebuscando fuimos encontrando precios más baratos y competitivos. Y encima un menú relativamente variado, pero carente de ensaladas.
Había una pizzería que te costaba cinco libras la más barata, lo que puede parecer un precio competitivo. Pero más tarde se consiguió encontrar un lugar donde un pollo al ast por 4 libras que, encima al compartirlo te salía a dos libras por cabeza. Pero más adelante se encontró una tienda al lado que te ahorrabas 50 peniques.
Pero la estrella final entre los residentes de mi hostal terminó siendo una hamburguesa completa en una hamburguesería pakistaní que costaba £1,50. Eso sí la hamburguesa era un poco pequeña, pero iba con patatas. Al no gustarme el queso, cuando acudía allí, mi hamburguesa perdía sustancia y nutrientes que mi cuerpo podía necesitar.
Al plato estrella se le mezclaba con otra adquisición a muy buen precio en Londres, aunque en España sería carísimo. Me refiero a una botella de dos litros de Coca-Cola fresca. Su precio inicial era de dos libras, pero en una tienda aledaña costaba £1,56. Eso suponía un ahorro de 44 peniques entre todos los participantes de la inversión en Coca-Cola. Al final cuando se iba a comprar, cada uno se ocupaba de una parte distinta del menú, ya que no se compraban dos cosas en el mismo sitio.
Parecerá miserable esta forma de comer, pero había que combatir los prohibitivos precios del transporte público londinense. Un billete individual de bus cuesta 2,20 libras esterlinas, mientras que uno de metro supera las cuatro. Para ello están las tarjetas Oyster, que es como la típica metro-bus de España, con difetentes opciones para intentar adecuar lo mejor posible al consumidor.
Y debía buscar trabajo, por lo que tenía que tomar ese transporte público, para poder moverme por la capital británica. Había que echar currículum, pero también que tomar notas de posibles sitios de internet, de empresas que laboraban únicamente por la red su gestión de recursos humanos externa, posibles agencias de pisos o trabajo, y posibles residencias. Mientras buscaba trabajo aprovechaba a hacer turismo por Londres, ya que estábamos. Pero eso sí, intentando ahorrar al máximo. Había que hacer apego a una de las máximas de la Economía: los recursos son limitados y las necesidades ilimitadas, por lo que hay que intentar lograr una gestión eficiente. No utilizaré fórmulas matemáticas aplicables a la Economía, pero utilizaba otra de las máximas de esa cienca: ser un homo economicus y aplicar el sentido común.
domingo, 15 de mayo de 2011
¿Dónde están las persianas?
Londres, una ciudad moderna donde las haya, con una muy organizada red de tráfico, una iluminación adecuada y unos servicios públcos excelentes. Lo tiene todo para ser una gran ciudad, pero le falta algo. Y en abundancia. Es algo que uno cuando llega no se da cuenta, pero en su momento se da cuenta enseguida de que no está allí, y hay que actuar para luchar contra ello. Sí, efectivamente, tal y como el título indica son las persianas. ¿Dónde están las persianas?
En mi caso era de algo que había oído hablar, pero en ningún momento preparé nada. Y para mí no preparar nada sobre ello puede darme algún problema porque, unido a que ya de por sí tengo problemas para conciliar el sueño, además de ser un trasnochador nato (ya de por sí nací a las 3.30 a.m., trasnochando y haciendo trasnochar desde mis inicios), no soporto la luz a la hora de dormir. El más pequeño hilo de luz es capaz de despertarme del más profundo y placentero sueño. A eso hay que añadir que a estas alturas del año comienza a amanecer a las 4.30 a.m., ya que tiene la misma longitud Gran Bretaña que España, puesto que ambos países son cruzados por el Meridiano de Greenwich, que también puede ser llamado el Meridiano de Berbegal, ya que también cruza esa localidad, pero los británicos son muy suyos, lo que implica un amanecer español aproximado de las 5.30-6.00 a.m. Y eso en el Reino Unido es un gran problema.
Una gran solución puede ser comprar un antifaz, pero no lo hice en ningún momento. En cuanto amanecía el sueño se terminaba. Aunque a veces era capaz de volver a dormirme para volver a despertarme cada poco tiempo. Es lo que tiene la fotofobia a la hora de dormir. Pero no. Yo soy de soluciones caseras. Para algo más que para secarse o tumbarse a tomar el sol están las toallas. Con el tamaño que tienen son perfectas para poderlas enrollar en mi voluminosa cabeza. Como antifaz son mano de santo, pero tiene varios problemas:
Uno de ellos es el calor que te puede dar. Para ello solamente hay que taparse los ojos haciendo varios pliegues, y evitar tapar el resto de la cara que, a algunos además, puede agobiarles al sentirse «encerrados» bajo ese velo.
Otro de ellos es la luz que pueda pasar al destensarse el nudo que uno haga, por lo que hay que volverlo a tensar con el despertar y el posible desvelamiento que pueda conllevar esa activación.
Y el último y, para mí mas primordial, el de la comodidad o incomodidad que te pueda dar el nudo. En mi caso un nudo hecho en cualquier parte de la cabeza me molestaría, ya que soy de dar muchas vueltas y de dormir en cualquier posición corporal (bocarriba, de lado o bocabajo). En cuanto te apoyas en la «dureza» del nudo te sientes incómodo y hay un peligro muy grande e inminente de despertarse. Para elló hallé una solución tan rápida como sencilla y, todo ello sin abrir ni los ojos en plena «noche» londinense, unida a la perrería que uno tiene cuando se despierta llevando únicamente un par de horas descansado. Dicha solución consiste en no hacer ningún nudo. Pero no consiste en taparse la cabeza como si fuera una manta, un cojín o algo opaco que no pesa pero que da calor y que puede llegar a agobiar. Esa solución es rodearse la cabeza con la toalla cruzando a la altura de la nuca los dos extremos, sin anudar en ningún momento. Se empieza a dar una segunda vuelta, pero nunca hay que terminarla, simplemente hay que dejarla colgando o apoyada en el pecho. Y uno dirá, eso no aguanta ni un cuarto de vuelta en una cama. Para evitar ello, hay que apretarlo un mínimo, aunque no hace falta mucho, porque si no se apreta un mínimo de cualquier manera, la luz te termina entrando con facilidad. Y la forma de apretar es muy sencilla: esos dos extremos que están en el pecho simplemente hay que estirarlos y se aprieta por arte de magia, y encima aguanta unos cuantos revolcones. Y, tachán, aquí está la solución a los problemas de iluminación matutina.
Una gran solución casera al alcance de todos, de una facilidad increíble y que todo el mundo es capaz de hacer en su casa. Pero sin problemas de iluminación es tontería utilizar.
A grandes males, grandes soluciones.
En mi caso era de algo que había oído hablar, pero en ningún momento preparé nada. Y para mí no preparar nada sobre ello puede darme algún problema porque, unido a que ya de por sí tengo problemas para conciliar el sueño, además de ser un trasnochador nato (ya de por sí nací a las 3.30 a.m., trasnochando y haciendo trasnochar desde mis inicios), no soporto la luz a la hora de dormir. El más pequeño hilo de luz es capaz de despertarme del más profundo y placentero sueño. A eso hay que añadir que a estas alturas del año comienza a amanecer a las 4.30 a.m., ya que tiene la misma longitud Gran Bretaña que España, puesto que ambos países son cruzados por el Meridiano de Greenwich, que también puede ser llamado el Meridiano de Berbegal, ya que también cruza esa localidad, pero los británicos son muy suyos, lo que implica un amanecer español aproximado de las 5.30-6.00 a.m. Y eso en el Reino Unido es un gran problema.
Una gran solución puede ser comprar un antifaz, pero no lo hice en ningún momento. En cuanto amanecía el sueño se terminaba. Aunque a veces era capaz de volver a dormirme para volver a despertarme cada poco tiempo. Es lo que tiene la fotofobia a la hora de dormir. Pero no. Yo soy de soluciones caseras. Para algo más que para secarse o tumbarse a tomar el sol están las toallas. Con el tamaño que tienen son perfectas para poderlas enrollar en mi voluminosa cabeza. Como antifaz son mano de santo, pero tiene varios problemas:
Uno de ellos es el calor que te puede dar. Para ello solamente hay que taparse los ojos haciendo varios pliegues, y evitar tapar el resto de la cara que, a algunos además, puede agobiarles al sentirse «encerrados» bajo ese velo.
Otro de ellos es la luz que pueda pasar al destensarse el nudo que uno haga, por lo que hay que volverlo a tensar con el despertar y el posible desvelamiento que pueda conllevar esa activación.
Y el último y, para mí mas primordial, el de la comodidad o incomodidad que te pueda dar el nudo. En mi caso un nudo hecho en cualquier parte de la cabeza me molestaría, ya que soy de dar muchas vueltas y de dormir en cualquier posición corporal (bocarriba, de lado o bocabajo). En cuanto te apoyas en la «dureza» del nudo te sientes incómodo y hay un peligro muy grande e inminente de despertarse. Para elló hallé una solución tan rápida como sencilla y, todo ello sin abrir ni los ojos en plena «noche» londinense, unida a la perrería que uno tiene cuando se despierta llevando únicamente un par de horas descansado. Dicha solución consiste en no hacer ningún nudo. Pero no consiste en taparse la cabeza como si fuera una manta, un cojín o algo opaco que no pesa pero que da calor y que puede llegar a agobiar. Esa solución es rodearse la cabeza con la toalla cruzando a la altura de la nuca los dos extremos, sin anudar en ningún momento. Se empieza a dar una segunda vuelta, pero nunca hay que terminarla, simplemente hay que dejarla colgando o apoyada en el pecho. Y uno dirá, eso no aguanta ni un cuarto de vuelta en una cama. Para evitar ello, hay que apretarlo un mínimo, aunque no hace falta mucho, porque si no se apreta un mínimo de cualquier manera, la luz te termina entrando con facilidad. Y la forma de apretar es muy sencilla: esos dos extremos que están en el pecho simplemente hay que estirarlos y se aprieta por arte de magia, y encima aguanta unos cuantos revolcones. Y, tachán, aquí está la solución a los problemas de iluminación matutina.
Una gran solución casera al alcance de todos, de una facilidad increíble y que todo el mundo es capaz de hacer en su casa. Pero sin problemas de iluminación es tontería utilizar.
A grandes males, grandes soluciones.
viernes, 13 de mayo de 2011
Cómo llegar a Londres y perder el D.N.I.
Estaba siendo un mes de abril muy caluroso, pero yo me iba a Londres, a pesar del buen tiempo reinante en la Península. Para mi aventura llevaba un maletón hasta arriba de ropa, entre ellas diferentes chaquetas para diferentes fríos. La chaqueta de invierno, imposible de meter en la maleta, a la que, además, le incrementaría el peso en demasía, hubo que llevarla a cuestas. Calor, calor y más calor. Agobios. Y eso que no había salido aún del Aeropuerto de El Prat.
Es horrible llevar colgando un chaquetón, una maleta infinita y un equipaje de mano bastante pesado. Si estás en mitad de una cola es, simplemente, una tortura china. Pero yo quería y estaba dispuesto a ir a Londres. Era una apuesta que había que ganar. No valía sólo con intentarlo.
El viaje era con Easyjet y me dejaba en el aeropuerto de Gatwick, en Londres. El vuelo fue bien hasta el momento del aterrizaje. No sé qué debió pasar con la presión cuando el avión comenzó el descenso que parecía que iba a explotar mi cabeza. Me dolía la cabeza, los ojos, los dientes... En algún momento llegó a ser eso insoportable. Pero por lo visto debía ser el único de la zona donde estaba, porque no estaba para fijarme mucho. Eso sí, la toma de contacto con la pista fue de lo más suave que había visto en mi vida. Había volado otras veces y nunca me había pasado algo similar, me pegué dos días con mal cuerpo, con la presión auricular loca e incluso dolores de cabeza...
Salí del avión con bastante aturdimiento. Era la hora de enfrentarse al mundo anglosajón. Pero no esperaba tener que hacerlo tan pronto...
En la aduana fui a entregar el D.N.I. que lo llevaba basstante a mano, en el bolsillo del pantalón. Pero allí no había nada. Y en el avión sí que lo tenía. Pero estaba muy aturdido para pensar. Saqué el pasaporte y pude entrar al Reino Unido.
Una vez en pasada la aduana lo primero que hice, aparte de pillar mi equipaje, fue ir a información del aeropuerto. Me costó encontrarla, pero lo hice. Me sorprendió que me enteraba de lo que me decían más o menos, y más a pesar del aturdimiento que llevaba (eso sin haber jet lag), aunque muchas veces tenía que pedir que me repitieran de nuevo lo que me decían. De allí me mandaron a información de Easyjet, la compañía con la que había volado. De allí otra vez a información... Hasta que en objetos perdidos me dijeron que debía hacer una denuncia a la policía de la desaparición. Total, más de tres horas dando vueltas por Gatwick para terminar tal y como estaba. Y luego nos quejamos de España...
A partir de entonces el día ya fue normal. Ni un problema en el metro y llegando a la primera a la dirección del hostal (me niego a decir «hostel» porque no es una palabra en castellano), sin mapas ni nada... Si a veces Monzón es más complicado por el casco antiguo que las calles de Londres.
Pero bueno, lo que más puede resumir de esta primera toma de contacto con la capital del Thames es: «La primera en la frente»
Es horrible llevar colgando un chaquetón, una maleta infinita y un equipaje de mano bastante pesado. Si estás en mitad de una cola es, simplemente, una tortura china. Pero yo quería y estaba dispuesto a ir a Londres. Era una apuesta que había que ganar. No valía sólo con intentarlo.
El viaje era con Easyjet y me dejaba en el aeropuerto de Gatwick, en Londres. El vuelo fue bien hasta el momento del aterrizaje. No sé qué debió pasar con la presión cuando el avión comenzó el descenso que parecía que iba a explotar mi cabeza. Me dolía la cabeza, los ojos, los dientes... En algún momento llegó a ser eso insoportable. Pero por lo visto debía ser el único de la zona donde estaba, porque no estaba para fijarme mucho. Eso sí, la toma de contacto con la pista fue de lo más suave que había visto en mi vida. Había volado otras veces y nunca me había pasado algo similar, me pegué dos días con mal cuerpo, con la presión auricular loca e incluso dolores de cabeza...
Salí del avión con bastante aturdimiento. Era la hora de enfrentarse al mundo anglosajón. Pero no esperaba tener que hacerlo tan pronto...
En la aduana fui a entregar el D.N.I. que lo llevaba basstante a mano, en el bolsillo del pantalón. Pero allí no había nada. Y en el avión sí que lo tenía. Pero estaba muy aturdido para pensar. Saqué el pasaporte y pude entrar al Reino Unido.
Una vez en pasada la aduana lo primero que hice, aparte de pillar mi equipaje, fue ir a información del aeropuerto. Me costó encontrarla, pero lo hice. Me sorprendió que me enteraba de lo que me decían más o menos, y más a pesar del aturdimiento que llevaba (eso sin haber jet lag), aunque muchas veces tenía que pedir que me repitieran de nuevo lo que me decían. De allí me mandaron a información de Easyjet, la compañía con la que había volado. De allí otra vez a información... Hasta que en objetos perdidos me dijeron que debía hacer una denuncia a la policía de la desaparición. Total, más de tres horas dando vueltas por Gatwick para terminar tal y como estaba. Y luego nos quejamos de España...
A partir de entonces el día ya fue normal. Ni un problema en el metro y llegando a la primera a la dirección del hostal (me niego a decir «hostel» porque no es una palabra en castellano), sin mapas ni nada... Si a veces Monzón es más complicado por el casco antiguo que las calles de Londres.
Pero bueno, lo que más puede resumir de esta primera toma de contacto con la capital del Thames es: «La primera en la frente»
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