Estaba siendo un mes de abril muy caluroso, pero yo me iba a Londres, a pesar del buen tiempo reinante en la Península. Para mi aventura llevaba un maletón hasta arriba de ropa, entre ellas diferentes chaquetas para diferentes fríos. La chaqueta de invierno, imposible de meter en la maleta, a la que, además, le incrementaría el peso en demasía, hubo que llevarla a cuestas. Calor, calor y más calor. Agobios. Y eso que no había salido aún del Aeropuerto de El Prat.
Es horrible llevar colgando un chaquetón, una maleta infinita y un equipaje de mano bastante pesado. Si estás en mitad de una cola es, simplemente, una tortura china. Pero yo quería y estaba dispuesto a ir a Londres. Era una apuesta que había que ganar. No valía sólo con intentarlo.
El viaje era con Easyjet y me dejaba en el aeropuerto de Gatwick, en Londres. El vuelo fue bien hasta el momento del aterrizaje. No sé qué debió pasar con la presión cuando el avión comenzó el descenso que parecía que iba a explotar mi cabeza. Me dolía la cabeza, los ojos, los dientes... En algún momento llegó a ser eso insoportable. Pero por lo visto debía ser el único de la zona donde estaba, porque no estaba para fijarme mucho. Eso sí, la toma de contacto con la pista fue de lo más suave que había visto en mi vida. Había volado otras veces y nunca me había pasado algo similar, me pegué dos días con mal cuerpo, con la presión auricular loca e incluso dolores de cabeza...
Salí del avión con bastante aturdimiento. Era la hora de enfrentarse al mundo anglosajón. Pero no esperaba tener que hacerlo tan pronto...
En la aduana fui a entregar el D.N.I. que lo llevaba basstante a mano, en el bolsillo del pantalón. Pero allí no había nada. Y en el avión sí que lo tenía. Pero estaba muy aturdido para pensar. Saqué el pasaporte y pude entrar al Reino Unido.
Una vez en pasada la aduana lo primero que hice, aparte de pillar mi equipaje, fue ir a información del aeropuerto. Me costó encontrarla, pero lo hice. Me sorprendió que me enteraba de lo que me decían más o menos, y más a pesar del aturdimiento que llevaba (eso sin haber jet lag), aunque muchas veces tenía que pedir que me repitieran de nuevo lo que me decían. De allí me mandaron a información de Easyjet, la compañía con la que había volado. De allí otra vez a información... Hasta que en objetos perdidos me dijeron que debía hacer una denuncia a la policía de la desaparición. Total, más de tres horas dando vueltas por Gatwick para terminar tal y como estaba. Y luego nos quejamos de España...
A partir de entonces el día ya fue normal. Ni un problema en el metro y llegando a la primera a la dirección del hostal (me niego a decir «hostel» porque no es una palabra en castellano), sin mapas ni nada... Si a veces Monzón es más complicado por el casco antiguo que las calles de Londres.
Pero bueno, lo que más puede resumir de esta primera toma de contacto con la capital del Thames es: «La primera en la frente»
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