viernes, 20 de mayo de 2011

Cómo combatir los precios estratosféricos a la hora de comer

Aquél que vaya al Reino Unido debe realizar un cambio de divisa si quiere poder pagar en efectivo, ya que no en todos los sitios tienen lo que en España denominamos TPV. La moneda que utilizan en dicho país es la libra esterlina, cuyo símbolo es £ (a veces los italianos confunden el símbolo con el de la extinta lira italiana, no es el primero que me pregunta si eso es una lira, ya que su símbolo era ₤) y en el idioma local es denominada pound. La libra esterlina hoy por hoy se divide en 100 peniques, penny en inglés. El tipo de cambio hoy está en torno a 0,88 libras por euro, a lo que viene a costar una libra 1,13 euros. A esto hay que añadirle las comisiones que el banco te ponga a la hora de comprar una divisa extranjera, o al hecho de sacar en cajero automático. Sumado a esto que si en Londres si lo que se pagara fuera con euros, respecto a España los precios ya de por sí estaría carísimo todo. Es decir, un pastón.
Mi primer destino en Londres, sin trabajo ni nada, fue el barrio de Arsenal (sí, como el club de fútbol). La zona donde estaba ubicada mi hostal o albergue (me niego a utilizar en castellano «hostel», ya que la palabra no es hispana) era una zona donde la población era mayoritariamente inmigrante. Una vez llegado allí me hice un propósito: ya que no sabía cuánto tiempo iba a estar en paro, y por lo tanto el tiempo en que no iba a tener ingresos, había que intentar exprimir al máximo un presupuesto en efectivo en libras, aderezado con la tarjeta y una provisión en euros. Si quería lograr mi objetivo había que aguantar lo máximo posible, y llegar a ser precario si era necesario.
Los primeros días, cuando uno aún no está habituado al cambio, ve los precios caros y no sabe dónde buscar. Lo malo era la inexistencia de comida. Pero en ese barrio era tremendamente fácil encontrar algo que pudiera parecer barato. Al principio comparar los precios con un MacDonald's, que puede parecer barato para los precios de las diferentes comidas no era tan dícil de encontrar. Esos primeros días comer por 4 libras, que es lo más barato de dicha compañía americana en Londres, podía parecernos barato. Pero buscando y rebuscando fuimos encontrando precios más baratos y competitivos. Y encima un menú relativamente variado, pero carente de ensaladas.
Había una pizzería que te costaba cinco libras la más barata, lo que puede parecer un precio competitivo. Pero más tarde se consiguió encontrar un lugar donde un pollo al ast por 4 libras que, encima al compartirlo te salía a dos libras por cabeza. Pero más adelante se encontró una tienda al lado que te ahorrabas 50 peniques.
Pero la estrella final entre los residentes de mi hostal terminó siendo una hamburguesa completa en una hamburguesería pakistaní que costaba £1,50. Eso sí la hamburguesa era un poco pequeña, pero iba con patatas. Al no gustarme el queso, cuando acudía allí, mi hamburguesa perdía sustancia y nutrientes que mi cuerpo podía necesitar.
Al plato estrella se le mezclaba con otra adquisición a muy buen precio en Londres, aunque en España sería carísimo. Me refiero a una botella de dos litros de Coca-Cola fresca. Su precio inicial era de dos libras, pero en una tienda aledaña costaba £1,56. Eso suponía un ahorro de 44 peniques entre todos los participantes de la inversión en Coca-Cola. Al final cuando se iba a comprar, cada uno se ocupaba de una parte distinta del menú, ya que no se compraban dos cosas en el mismo sitio.
Parecerá miserable esta forma de comer, pero había que combatir los prohibitivos precios del transporte público londinense. Un billete individual de bus cuesta 2,20 libras esterlinas, mientras que uno de metro supera las cuatro. Para ello están las tarjetas Oyster, que es como la típica metro-bus de España, con difetentes opciones para intentar adecuar lo mejor posible al consumidor.
Y debía buscar trabajo, por lo que tenía que tomar ese transporte público, para poder moverme por la capital británica. Había que echar currículum, pero también que tomar notas de posibles sitios de internet, de empresas que laboraban únicamente por la red su gestión de recursos humanos externa, posibles agencias de pisos o trabajo, y posibles residencias. Mientras buscaba trabajo aprovechaba a hacer turismo por Londres, ya que estábamos. Pero eso sí, intentando ahorrar al máximo. Había que hacer apego a una de las máximas de la Economía: los recursos son limitados y las necesidades ilimitadas, por lo que hay que intentar lograr una gestión eficiente. No utilizaré fórmulas matemáticas aplicables a la Economía, pero utilizaba otra de las máximas de esa cienca: ser un homo economicus y aplicar el sentido común.

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